TODO PODER está inspirado por el deseo de ser único, pues, según su esencia se siente absoluto y se opone a toda barrera que le recuerde las limitaciones de su influencia.
El poder es la conciencia de la autoridad en acción; no puede, como Dios, soportar ninguna otra divinidad junto a sí. Esta es la razón por la cual se entabla una lucha por la hegemonía tan pronto como aparecen juntos diversos grupos de poder o están obligados a girar unos junto a otros. Cuando un estado ha alcanzado la fuerza que le permite hacer uso decisivo de sus medios de poder, no se da por satisfecha hasta obtener la posición de predominio sobre todos los estados vecinos y hasta imponer a estos a su voluntad. Sólo cuando no se siente aún bastante fuerte, se muestra dispuesto a concesiones; pero en cuanto se siente bastante poderoso, no deja de recurrir a ningún medio para ensanchar los limites de su dominación. Pues la voluntad de poder sigue sus propias leyes, que incluso puede enmascarar, pero nunca podrá negar.
La aspiración a unificarlo todo, a someter todo movimiento social a una voluntad central, es el fundamento de todo poder, y es indiferente que se trate de la persona de un monarca absoluto, de tiempos pasados, de la unidad nacional de una representación elegida constitucionalmente o de las pretensiones centralistas de un articula que ha escrito en sus banderas las conquistas de poder.
El principio de la reglamentación de toda actividad social según determinada forma, inaccesible a cualquier modificación, es la condición previa inevitable de toda voluntad de poder. De ahí nace el impulso hacia símbolos exteriores que ponen ante los ojos la unidad palpable de la expresión de poder, en cuya grandeza mística puede echar raíces la muda reverencia del bravo súbdito. Esto lo ha reconocido muy bien De Maistre cuando dijo:” Sin Papa no hay soberanía; sin soberanía no hay unidad; sin unidad no hay autoridad; sin autoridad no hay creencia”
Rudolf Rocker (1873-1958) Autodidacta y anarquista de origen alemán
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